miércoles, 26 de febrero de 2014

"ANIVERSARIO" de Miguel Ángel Ferradas


Como ya he contado, el pasado viernes 21 de febrero, unos amigos nos reunimos en SALA RECICLAJE para leer creaciones propias y darle un poco al jolgorio cultural (y cervecero).
Miguel Ángel Ferradas ha publicado una serie de cuentos bajo el título de "Desasosiego" que podéis encontrar en esta dirección :

http://www.bubok.es/libros/231431/Desasosiego

Leyó lo que se relata a continuación, que comparto con todos vosotros porque a mí, personalmente, me encantó y me "desasosegó".

                                                                    Aniversario

Manolo, Manolo, Manolo… mierda de tecnología, que por cada una que te da te enreda cuatro. Mucha pantallita táctil, que desde luego es preferible a los microtecladitos de antes, que parecían pensados para dedos de Barbie, pero al final siempre pasa lo mismo: que tienes más opciones que necesidades. Y encima conduciendo. Y el parrot, otra mierda que se desconecta solo, él sabrá por qué. Y como me pille un guardia me termina de crujir, que al final uno anda con más ojos a los recaudadores de Hacienda que a la carretera.
Maruja, May, Modesto… no, coño, para atrás: Mamen, Mamá… ¿Mamá?... ¡Hostias, Mamá…!. El tiempo que hará que no le doy un toque. Que no me paso a verla, el doble. No sé, meses ¿Por qué no? Un toque. Al menos estar ahí, saber que sigue estando…
Suena una, dos, tres, cuatro veces…



- ¿Diga…? (su voz de siempre, al tiempo amable pero precavida).
- Hola, Mamá, soy yo, Miguel Ángel… -silencio ridículo que sé que ella no interrumpirá, y que no estoy seguro de si es un convenio social destinado a crear expectación, o un reconocimiento de que en el fondo no hay nada relevante que decir. Y al final, la cosa remata en la inevitable frase hecha- ¿Cómo estás…?
Ella tarda en responder; pero su tardanza tiene un aroma de reflexión, nada parecido al acostumbrado buscar por dónde salir, omnipresente desde que hace ya algo más de una década su sordera progresiva fuera dando cuenta de sus posibilidades de relación y de nuestra paciencia.
- ¿Y cómo quieres que esté, hijo mío, si mañana hará un año que estoy muerta…?
Sigo conduciendo. Estoy en cualquier punto de cualquier carretera, yendo a lo de siempre o volviendo de lo de costumbre. Una llamada rutinaria, que no aporta nada, cubre el expediente para estar a la altura en mi entramado social. O eso, o a la mierda, y sigo recto en la próxima curva.
Tras respetar un silencio que se me hace infinito, se arranca de nuevo con parsimonia acogedora; acaso la de siempre, que de nuevo me desarma, sin más reproches que los que uno mismo pueda hacerse.
- Ya sé que a vosotros os va bien. Los niños, creciendo sa¬nos. Tu mujer, una joya que no sé si te mereces. Pero tú deberías darte más tiempo; y no me refiero a la música o la montaña, que sé que no descuidas: más tiempo para atender a las cosas pequeñas, a las que te hacen sonreír.
Intento varias veces responder, pero un nudo del tamaño de un puño me cierra la garganta, impidiéndome hasta llorar. Consigo al final tragar, no sé qué, y articulo cuatro torpes palabras:
- Hace un millón de años que no me paro y me siento a tu lado, sólo a verte, a estar ahí…
- ¡Déjate de tonterías hijo, qué va a ser así! A tu edad, tienes muchos asuntos que atender, y a ellos te debes. Todo tiene su momento, y lo único imperdonable es no darse cuenta y dejar pasar las cosas sin hacer, o intentar hacerlas cuando ya no toca. Tú ya llevas bastante vivido, aunque aún te falte lo tuyo, de modo que ya sabes que la vida te va dando poco a poco perspectiva. Pues la muerte, ni te imaginas.
Puede que pasen dos minutos antes de que consiga despegar los labios. No entiendo cómo consigo mantenerme dentro de la calzada sin estamparme con nadie, pues mis ojos se clavan en el parabrisas, convertido en una pantalla sobre la que se proyecta, como un montaje de secuencias en cascada, todo lo sustantivo de mi vida. Rincones, afectos, rostros, veranos en la playa, colegios, adolescencia, descubrimientos, sueños, montañas, decepciones, escenarios, amores… De las imágenes emergen sonidos, olores, asociaciones de recuerdos sutiles e imprescindibles, como el sabor del mazapán unido a la voz de de mi padre cantando en vasco, el aroma de liquen caliente en agosto cosido a un paso de escalada, el tacto de una piel enamorada bajo las estrellas de febrero, el desconchón justo del escalón preciso al inicio de la escalera que conduce desde la trasera de la Residencia de Estudiantes al CSIC (recreo de 2º de bachillerato; 1972) Mareado y queriendo agarrarme a una sensación de irrealidad que se me resiste –quiero sentir que nada de esto está pasando, que no es más que una metáfora venida a más; pero no lo consigo- finalmente, suelto:

- ¿Qué hago, Mamá?
-Sigue, hijo, sigue. Vas bien. En la vida, uno acaba tomando sólo media docena de decisiones; el resto viene seguido detrás de ellas, se quiera o no. Tú ya has tomado la mayor parte de las que te correspondía, y no te has equivocado del todo; de modo que sigue y no te maltrates más de lo necesario. Da igual lo que oigas por ahí: cuanto más feliz seas en esta vida, sin hacer para ello mal a nadie, mejor para ti y para todo el mundo. ¡Ah, sí, hijo!, sólo una cosa: ahora no, pero cuando pares, por favor, borra mi número de tu teléfono, ¿vale?; ya no toca. Un beso, hijo, y cuídate mucho.
Pi, pi, pi… pi, pi, pi… No sé si ha colgado ella o si he sido yo, que le he dado sin querer a algún botón. Esta mierda de tecnología…

A mediados de abril de 2011

Miguel Ángel Ferradas García