viernes, 7 de marzo de 2014

"TREN" de José Manuel Ferradas

Y ésto es lo que leyó José Manuel Ferradas, conocido en todo el mundo, alrededores y barrios adyacentes :

                                                                          TREN


No era tan tarde. Normalmente, en esas jornadas de invierno, solía volver  a casa mas tarde todavía.
          Con el habitual desánimo recogí los trastos, ordené algunos papeles y abandoné la oficina. Hacía horas que las farolas definían en líneas bajo sus focos las pertinaces gotas de lluvia. El clima, ese gran cíclico, cumplía su oficio con testaruda eficacia.
         Crucé la calle chapoteando el jugo de la civilización. Borbotones de agua aceitosa saltaban sobre mis zapatos irisando sus formas al reflejo de las luces.
         Siempre amé esta ciudad pero, tras muchos años de vivirla intensamente, consideré que los deberes ya estaban hechos. Cedí humos y desmanes, cabalgué unos dedos en el mapa y me fui a un pueblito de la sierra. Desde entonces mis visitas se han ceñido a la labor y alguna escasa noche de asueto cariñoso en los tugurios clásicos de siempre.



          Parapetado tras la gabardina, embozado en mi propia soledad, caminé entre otros cientos de espectros las pocas manzanas que me separaban de la estación de ferrocarril.
          Una vez acomodado en mi asiento del tren comencé a desgranar las horas   pasadas. Nada espectacular. Las constantes clásicas de un día más de trabajo. Un leve temblor, un pequeño empujón en la espalda y el camino a casa se acorta en cada instante.
Es triste pero mecanizamos todo lo cotidiano. Nuestros gestos caminan paralelos a los del día anterior con una fidelidad casi modélica. Una ducha, un afeitado y un desayuno se parecen tanto a sí mismos que podría pensarse solo en uno multicopiado hasta cansar la micra de tiempo de nuestro calendario. Así, con espartana puntualidad, apareció ante mí toda la fauna viajera de cercanías: El cansado gordito que nos obsequia con un reluciente hilo de baba dormitando su frente, lateral y distante, contra la ventana. La locuaz  Margarita, soñadora en otros tiempos, martilleando el sentido de quien quiera oír  las delicias de su vida, tan falsas como su pelo, mientras espolvorea el aire con palabras fingidamente dirigidas a su compañera. Un neoaprendiz de brujo, embutido en traje de Milano, se desdecía a sí mismo leyendo Expansión con el Marca bajo el brazo. Casi no faltaba ninguno... La norma implacable se hacía justicia.
Todos fueron bajando. En cada estación, civilizadamente, les vi defenderse del agua hasta perderse entre la bruma y la noche.
              Me quedé solo en el vagón. La próxima era la mía. Dos túneles, unos minutos más de lluvia golpeando los cristales y podría quitarme la maldita corbata, cenar algo y quizá, solo quizá, añadir algunas letras más que improbables a esta imaginación de vida que escribimos con los sueños.
              Algo saltó en mil demonios. Los pies viajaron hacia el techo con increíble soltura mientras describían círculos entre los entarimados del aire. Sentí una presión terrible en el costado derecho. Los colores se acumulaban como en un baile maldito. Luces, luces y sombras  se adueñaron de mi cerebro agitando los ojos en direcciones impensables. Toneladas  de contactos desgajaron  mi alma que peleaba por encontrar solo un punto de cordura en todo este maremagnum que laceraba mi cuerpo. Mi cuerpo... Luego el silencio. Largo y blanco, sin sabor ni olor. Como me temía.  
A la mañana siguiente los diarios titularon en portada:                      
  “AFORTUNADAMENTE   SOLO   UN  FALLECIDO   EN   EL    ACCIDENTE
FERROVIARIO  DE  AYER “.  
Solo un fallecido, joder, y yo muerto.