miércoles, 6 de agosto de 2014

SOBRE MI

(Dicen, que los escritores siempre acaban hablando de ellos mismos)

En septiembre de 2011 mi cabreo —más que justificado— se hizo carne y habitó entre nosotros…

Paseando por la calle decidí que necesitaba aullar para desahogarme. ¿Y qué mejor manera que hacerlo a través de un blog, para que se enterase el mundo mundial?
Sí, amiguitos, el pataleo como último recurso.

Y nació un post, dos, tres… dedicados a bancos, políticos, banqueros y empleados de sucursales bancarias.

Una cosa llevó a otra. Porque, de repente, me di cuenta de que había gente que me leía, y no solo los amigos, también desconocidos. Incluso —algunos— me daban la razón y me animaban a seguir…
Y ya se sabe, no hay como tener público para que una se venga arriba. Narcisismo puro.

Y nacieron, aquí mismo y sin epidural, Angelita, María, Olga, Cándida, Marcela, Elena y Jimena…

Y no solo se hizo carne el verbo (¿o es al contrario?), sino que se convirtió en papel. Y nació mi primera novela.

A la vejez viruelas…

Porque sí, soy mayor. He llegado a la bonita edad de la cincuentena y como la mayoría de las mujeres de mi década —los sesenta— con muchas ataduras familiares que han supuesto que “mis cositas” quedaran en un segundo plano.
Las de mi generación hemos tenido muchas más oportunidades que nuestras madres (que no podían, ni siquiera, abrir una cuenta en un banco) pero —también— hemos abrazado una religión que ahora me resulta incomprensible y, casi, ridícula: la de “hacerlo todo y bien”, hemos desarrollado unas espaldas que ya quisiera un nadador olímpico y nos hemos cargado con todo lo habido y por haber.
Afortunadamente muchas hemos dejado de ser las más listas, las más guapas, las más delgadas, las que mejor cocinamos y las que lavamos más blanco.
Como yo. Y es un triunfo. Las cincuentenarias estamos comenzando a hacer lo que nos sale del chirri. Bien, mal o mediopensionista.

Toda mi vida había soñado con escribir. Lo he conseguido y me siento bien.