martes, 16 de mayo de 2017

PACO "EL MULERO"

Cuando Críspula se vio sola y desamparada no lloró. Era una mujer práctica y se encerró en sí misma, dándole vueltas a lo que debería o no debería hacer para salir adelante. 
Se olvidó de que tenía una hija que gimoteaba por los rincones la ausencia de su padre, adorado, querido, el mejor padre que ninguna niña podría tener, odiando a los vencedores por haber asesinado a un hombre tan bueno, tan solidario y tan querido por los vecinos. Vecinos que también fueron fusilados o huyeron a Francia de noche, con lo puesto. 
Mi madre se quedó sin amigas, todas se habían ido del pueblo. Solamente quedaron las que pertenecían al bando nacional, que sufrieron los estragos de la guerra tanto o más que ella. 
Angelita jugaba sola, a imaginarse que su papá le contaba el cuento de "la buena pipa que nunca se acaba”, mientras revisaba si alguna gallina había puesto o escarbaba la tierra y recogía algún nabo o patata que crecía a pesar de los malos tiempos, de la posguerra terrible y de su espantosa soledad.


Y un buen día Críspula decidió quitarse el luto y salir al pueblo a contonearse. Casi no comían, apenas les daba el sol, porque se pasaban muchas horas encerradas, durmiendo abrazadas en la cama de matrimonio que ahora a Críspula se le hacía enorme. Porque añoraba a su marido, lamentaba no haberle dicho en vida cuánto le quería, las discusiones estúpidas por cosas sin sentido. Habría dado su propia vida por él. Pero estaba sola, peor que sola, tenía una niña de la que hacerse cargo y no podía con su mala estrella. Así que decidió que había llegado la hora de buscarse otro marido que las mantuviese y amparase. Y dicho y hecho se fue andando hasta el pueblo a dejarse ver.

Aunque estaba mucho más delgada, era una mujer rotunda, de formas vertiginosas y ella lo sabía y se sacaba partido. Se arregló el único vestido decente que no había sido arrasado por las polillas, se apretó el cinturón hasta que le dolió el talle de jovencita que el embarazo no había conseguido deteriorar y marchó, caminando despacio, hasta la panadería de Esperanza.

Ya había tenido unas palabras, recién llegada al pueblo, con Manolito, el dueño de la única tasca de mala muerte que había en el pueblo. Manolito era muy aficionado a piropear a las mozas y no tan mozas, cuando pasaban cerca de su establecimiento, que como estaba pegado a la panadería, era cosa muy habitual. Esa afición le venía de su padre, y la heredaron su hijo Manolillo y sus nietos gemelos.

Al ser lisonjeada mi abuela, al paso por el bar, en vez de acelerar la marcha y agachar la cabeza, como hacían el resto de mujeres, se paró en seco, dio media vuelta y con los brazos en jarras le espetó: “¿Nos conocemos de algo, pollo?”. A lo que el mesero, que no se esperaba esa reacción, se limpió las manos en el delantal mugriento, bajó los ojos y se metió dentro del bar. 
Los tres parroquianos que también estaban en la puerta hicieron lo mismo, pero sin disimular una risita sibilina. A partir de entonces a mi abuela le pusieron el mote de “La Brava” y nadie se atrevió a meterse con ella nunca más. Pero Paco “el mulero” uno de los tres feligreses, se enamoró perdidamente de Críspula.