lunes, 4 de junio de 2018

EL PODER SANADOR DEL AGUA SALADA



Al morir mi abuela mi madre entró en depresión. 
Jamás había desfallecido, siempre estaba de buen humor, sonriente y dispuesta a hacer cualquier favor a quien pasara por la puerta de mi casa. 
Todo el mundo la quería, incluso las dos cotillas del pueblo, que hablaban pestes de Críspula, pero que en lo referente a su hija nunca dijeron nada malo. 
Porque nadie podía murmurar de Angelita “La Rápida”, la mujer que andaba dando saltitos, sin pararse a hablar para que nadie le preguntase porqué tenía la cara marcada, los brazos con moratones de los dedos de su marido, las espinillas con mataduras de sus patadas… La mujer a la que jamás, nadie escuchó una mala palabra, la que se tiró todos los años del mundo recluida en la cárcel por un crimen que no había cometido, la que dejó un grato recuerdo en presas y carceleras, la que cosió con amor un vestido de seda rojo para que pudiese ejercer de puta su amiga María “La Puñales”,  la gitana asesina más famosa de los sesenta, la que mató con sus propias manos a tres payos para vengar el crimen de su amado, el padre del hijo que nunca llegó a nacer…


Mi madre querida, dejó de bajar al gabinete de costura y se metió en la cama sin ganas de hacer nada, no quería comer, no quería vestirse, no quería salir de su cuarto que permanecía a oscuras, con las cortinas corridas durante días y días, no quería vivir…
Nos preocupamos muchísimo. No sabíamos qué hacer porque ni siquiera don Ignacio era capaz de levantarle el ánimo, y eso que lo intentaba, porque no dejó de visitarla ni un solo día, por la mañana y por la tarde.

Manolita, que también acudía a diario para interesarse por ella, recurrió a un amigo de uno de sus hijos, un psiquiatra de renombre que nos confirmó lo que ya sabíamos, que mi madre tenía una depresión de caballo y que eso solamente se curaba con una medicación que Angelita se negaba a tomar. Si mi abuela lo hubiese oído seguramente  habría rezongado que tanto estudiar para esto…

Así que nos compinchamos para ocultar las medicinas en calditos y purés que le subíamos a su habitación y obligábamos a tomar. Y ella lo hacía porque si no, no nos despegábamos de la cabecera de su cama y lo que quería era quedarse sola para llorar, porque era lo único que le apetecía, llorar y llorar.

Yo pedí dos meses sin sueldo y mi jefe accedió a desgana porque  le prometí que a la vuelta trabajaría diez horas. Reuní a mis hermanos y les dije que yo me hacía cargo de mi madre. Se lo debía y era lo menos que podía hacer por ella. Conseguí, todavía no sé cómo, que se subiese al coche y nos fuimos las dos a la playa.

Angelita no había viajado jamás. Mientras recorríamos carreteras vacías, dejábamos atrás gasolineras destartaladas y pueblos polvorientos, reparé en que el trayecto más largo que había hecho en su vida había sido el de Vega a Madrid. Mi madre había nacido en la casa de sus abuelos, en General Ricardos y de allí fue a vivir a Vega, volvieron a Madrid durante la guerra y otra vez de vuelta al pueblo, para ir a servir a Urda. Se casó con mi padre en Toledo, hasta que –tras el juicio por su asesinato– la llevaron en el furgón de la Guardia Civil a la cárcel de Yeserías, donde pasó gran parte de su triste existencia.
Nunca se quejó de lo que le había deparado la vida. Al contrario, como mis hermanas gemelas, se adaptaba a lo que fuese y era feliz con muy poco. Como todas las mujeres que habían vivido la guerra civil y la terrible posguerra, se contentaba con tener algo que poner a la mesa y poco más… su frase preferida era “si mis hijos están bien yo soy feliz”. Recordé el día que en la cocina  se confesó y nos dijo que tras el infierno junto a mi padre su estancia en la cárcel le hubiese parecido lo más cercano a la felicidad, si no hubiese sido porque no estaba junto a sus otros hijos.  Y sucumbí de congoja.

Llegamos a un pueblecito de playa de la Costa Brava. Había alquilado una habitación a una payesa que vendía verdura en el mercado de Blanes y que conocí un verano que fui con Jorge. La casa, dos plantas de una construcción de piedra, con habitaciones en el piso superior que alquilaban en verano, estaba en el centro del pueblo, lejos de las urbanizaciones para turistas, y el primer día mi madre no quiso ir a la playa porque me confesó que le daba miedo y que se sentía ridícula en bañador. Accedió a dar un paseo y cenar cualquier cosa en algún sitio abierto, porque estábamos a finales de octubre y los turistas se habían marchado.

Poco a poco se fue animando y al tercer día conseguí que se pusiera el traje de baño y bajamos a la playa. Hacía calor y el tiempo era increíble. Mi madre comenzó mojándose los pies, hasta que, entre risitas de niña pequeña, una ola le mojó por completo. Sentí una mezcla de lástima y ternura y me entraron ganas de llorar al contemplar su figura de mujer devastada, su pelo corto y escaso, las rodillas huesudas y las manos desfiguradas por una artrosis a la que no daba importancia. Nos dábamos la mano, porque no se atrevía a meterse sola en la orilla, donde el agua apenas le cubría los muslos, y reía por primera vez en meses.

El poder sanador del agua salada, el sol y el murmullo de las olas… pasamos tres semanas paseando, recogiendo piedras blancas, mirando el horizonte y cobijándonos de las tormentas repentinas y el viento tremendo.
Angelita, de vez en cuando se sentía culpable por estar todo el día sin hacer nada. Yo le contestaba que ella ya había hecho todo lo que tenía que hacer en la vida y que ya era hora de que descansara, que se merecía ese “no hacer nada” y que se relajara, que el gabinete funcionaba con mis hermanas al frente y el mundo no se iba a parar sin ella. Ella me miraba con su sonrisa tímida y no decía nada, pero yo sabía que estaba deseando volver a su casa.