lunes, 23 de febrero de 2015

CUQUI SARASOLA

Mi amiga Cuqui Sarasola era la pija más pija de todo el barrio de Argüelles. A mí, que no tenía amigas, me repateaba bastante. Pero como nuestros padres eran colegas, no nos quedó más remedio que aceptarnos.
Coincidíamos en los cumpleaños de las niñas bien del cole, las Concepcionistas de la calle Princesa, y al final, en la adolescencia, acabamos por ser amigas.
Ella era muy guapa, alta y rubia —como yo— pero con mucho mejor tipo, más simpática y con un aplomo y seguridad en sí misma del que yo carecía.
Siempre fui de una timidez enfermiza, me acomplejaba mi altura, mi tipo y mi segundo apellido sueco.

Cuqui se casó, en los ochenta, con el hijo de un político. Tan alto, tan guapo y tan pijo como ella. Mi amiga había estudiado derecho en el CEU, siete años para acabar una carrera de cinco, pero como ella decía, "tengo el título, nadie me pregunta cuánto he tardado en sacarlo" y su papá, que era magistrado del Tribunal Supremo, la colocó en un despacho donde lo único que tenía que hacer era respetar el horario y acudir a las reuniones semanales, sin hablar mucho.



Se operó las tetas y se puso morros nada más acabar la cuarentena de su primer hijo. Y dejó de trabajar para dedicarse a la crianza del niño. En realidad lo único que hacía era machacarse en el gimnasio, porque el embarazo la había estropeado su cuerpo perfecto, acudir a comidas —en restaurantes vegetarianos de moda— con sus amigas mamás y comprar ropa y más ropa —de marca, por supuesto— con sus complementos a juego.

Con el nacimiento del segundo decidió que ya no quería más. Retomó el trabajo y su "mejor momento del día" era cuando las chicas del servicio le traían a los niños a su dormitorio, lavaditos, peinados y desayunados, antes de ir al cole. Había días que no los volvía a ver, porque era rara la noche en la que no tuviesen cena, teatro, preestreno de cine o copas con amigos.

Su marido, Alberto Iglesias Villamayor le daba a la farlopa que era un primor. Cuando venía a mi bar, sin su mujer, siempre estaba colocado. Nunca perdía los papeles, era tan elegante, tan educado, tan limpito... Nada que ver con su cuñado Pocholo, el hermano de Cuqui, que era yonqui y murió de sobredosis en la puta calle.
Berto —todos los pijos tenían diminutivo— nunca perdía el control, torcía la boca y hablaba despacio cuando se colocaba, pero nada más. Ni se despeinaba el pelito engominado. Siempre iba acompañado de hombres como él y mujeres con aspecto de putas de lujo, de tetas operadas, pelo teñido y morros de silicona, exactamente igual que su mujer.

Cuqui y yo perdimos el contacto con el paso de los años. Yo me dediqué en cuerpo y alma a mi hija y al pub y no tenía tiempo para quedar con mis antiguas compañeras de colegio, con las que no me unía nada en absoluto. Nunca me gustaron y con el paso del tiempo, menos aún.
Pero en el año 2013 me encontré con Cuqui en El Corte Inglés.
Yo iba con mi hija a comprar ropa y todo lo necesario para el curso que comenzaba en la Universidad de Kent. Estaba muy orgullosa. Michelle siempre fue una niña perfecta, nunca me dio disgustos y sacaba muy buenas notas. Encima era muy guapa, fina y elegante como sus hermanastros. Afortunadamente no había salido a mí y eso me alegraba. Era muy querida en el colegio, tuvo muchas amigas que la adoraban y jamás lloró porque las otras niñas se rieran de ella. La invitaban a todos los cumpleaños porque caía bien, no porque su padre fuese un hombre importante, como a mí. Y eso me hacía inmensamente feliz.

Cuqui estaba hecha un adefesio. Me dio el pésame, después de casi dieciocho años y no dejó de admirar a mi hija y de preguntarle si no había pensado ser modelo. Michelle se reía y le decía que no, que prefería estudiar derecho y empresariales, que le daba en la nariz que era más práctico. “¡Qué lista es mi niña!” pensaba yo.

Cuqui me dijo que no podía dejar de asistir a la cena de ex-alumnas del colegio y me convenció, no sé ni cómo ni porqué, pero el caso es que fui y me estuve arrepintiendo mucho tiempo, el justo y necesario para que mi amiga Elena me dijese que qué galería de personajes absurdos, que daban para, no una ni dos, sino para una trilogía de novelas, tipo “El club de las primeras esposas” o “El diario de Bidget Jones”, que era lo que ahora se vendía, y cómo se vendía…