viernes, 13 de febrero de 2015

YO FUI ALUMNA DE RICARDO SENABRE

http://www.elcultural.es/noticias/letras/Ricardo-Senabre-la-critica-como-ensenanza/7370

En los ochenta comencé a estudiar en la universidad. Lo hice porque necesitaba una titulación para preparar unas oposiciones que jamás logré aprobar. Y me matriculé en Filología Inglesa porque ese idioma era fundamental para superarlas. El hecho de que la Facultad estuviese muy cerca de la casa en la que —entonces— vivía mi familia, fue fundamental.

Me aburrí como una mona. El nivel que yo creía que debería tener la población universitaria (y más en una carrera de letras) dejaba mucho que desear, había mucho analfabeto funcional y las clases de inglés —que eran las únicas que me interesaban— eran bastante más básicas de lo esperado. Lo único que me gustaba era que ahora podía leer “novelitas” (como decía mi padre) sin tener que esconderme en época de exámenes, porque eran obligatorias. Me tiré años leyendo de “extrangis” porque cuando mi padre me pillaba apelaba —voceando como un trastornado— a los ejercicios de integrales y/o derivadas que tenía pendientes y que tanta desazón provocaban en mi espíritu peliculero.



En mi curso no éramos muchos alumnos. En Cáceres la universidad no estaba tan atestada como en otras ciudades. Y cuando llegué a tercero, después de los dos primeros años con la pesadilla del latín y el tostón de la filosofía, descubrí una asignatura que me encandiló: Crítica Literaria.
En realidad, supongo que la asignatura era lo que era porque la impartía Ricardo Senabre. Para mí fue un hallazgo y disfruté en clase como una vez lo hice en las de historia de COU, pero por lo visto eso no debía ser lo usual.

En general los profesores eran seres que nos miraban desde la atalaya de su departamento. Exceptuando los pocos adjuntos que impartían las prácticas, los demás eran “eminencias” con muy poca visión y sensibilidad hacia el alumnado.
Del señor Senabre, sin embargo, se decía que no estaba  inflamado por ese engreimiento que pululaba entre el resto de los catedráticos. Dicen, que recibía en su departamento a quien tuviese a bien acercarse para pedir ayuda bibliográfica o ampliar el extensísimo temario de aquel curso.  Pero no era así para los que —como yo— pertenecíamos a la masa deslustrada y jamás me atreví a preguntar, por temor a ser objeto de respuestas altivas por parte de quien se sabía un ser superior, con conocimientos que ningún humano poseía y, nosotros, los alumnos de tercero —exceptuando a la brillantísima María José Vega— no éramos más que material inferior,  iletrados indignos de lamer la suela de los zapatos de quién impartía clases magistrales. Porque eso sí, clases, clases, contaditas con los dedos de las manos.

Yo intentaba pasar desapercibida, entre otras cosas porque me daba miedo ser acusada, por el dedo delator de un gurú de la crítica literaria, de burra burrísima. Y no andaba desencaminada… con el paso de los años, de muchísimos años, encontré en un blog literario una referencia hacia mi antiguo profesor que decía así:

“Le voy a explicar yo a usted, señor Senabre, erudito carpetovetónico, el porqué de sus elogios y de lo enrevesado de su prosa: Lo que usted ha intentado con esta reseña -como suele hacer- es quedar por encima del escritor, del libro y del lector. Usted pretende erigirse en el sabio de la tribu, en el oráculo que imparte doctrina y al que todos consultan para saber lo que vale y lo que no. Por eso reparte usted besitos y pellizcos. Por eso el tono condescendiente y perdona vidas (pobre chaval, echémosle algún piropo no vaya ser que se desanime) de la reseña.”
http://patrulladesalvacion.com/2011/11/11/senor-don-ricardo-senabre-%C2%A1vamos-a-ver/

Una de las actividades dentro de la asignatura de Crítica Literaria era la composición. El adjunto a cátedra nos mandaba “deberes” que  leía  y comentaba en la clase siguiente. Eran las típicas redacciones del tema que elegía el profesor y que, desafortunadamente, han desaparecido de los colegios e institutos. Los niños de hoy en día no escriben, tampoco leen, pero eso es otro cantar…  A lo que iba, una vez leyó la mía y cuando acabó preguntó quién era Ana Vázquez, levanté el dedo muerta de vergüenza y me felicitó por haber sabido manejar el lenguaje y haber entendido lo que se pedía: intercambiar los tiempos pasado y presente en un relato de no más de un folio.
Recuerdo perfectamente lo que escribí y recuerdo perfectamente la nota a pie de redacción de mi profesor de lengua en el colegio de las Dominicas de Gerona cuando tenía trece años:

        “Siga leyendo, siga escribiendo, no lo hace mal, pero necesita madurar”.