jueves, 6 de febrero de 2014

LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE (Rosa Montero)


La exhibición del dolor siempre me ha parecido algo que raya con lo obsceno. Los funerales, los velatorios y los jolgorios fúnebres ante la muerte de un ser querido, siempre me han dado algo de vergüenza ajena.

Estoy leyendo “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero. Y a la par, escribiendo mi segunda novela, secuela de la primera. Y digo secuela porque no es una segunda parte de… Es otra narración independiente de su hermana mayor –mayor por la edad- pero con algunos personajes, que se esbozaban en la primera y que, ahora nacen, crecen, se multiplican y… algunos mueren.

Elena moría al final. Pero tras varios principios accidentados y accidentales, decidí comenzar por el fin de la historia. Creo que ha quedado bien.

Y el principio es la muerte de Elena. No, no es una novela triste en sí misma. Tiene sus momentos, pero en general es bastante alegre. Elena es tan mal hablada como divertida. Y como escritora, es capaz de dar la vuelta a un hecho tan doloroso y hacer reír. Pero ese es el final y no voy a contarlo.


El fondo y el fin es el dolor ante la muerte, ante la enfermedad, la pérdida y –sobre todo- cómo se enfrenta y afronta.

Verbalizar el dolor es tan importante como ir al baño todas las mañanas. Y perdón por el símil, es tan escatológico como real. Las personas que son capaces de berrear, tirarse del pelo y revolcarse por los suelos en los entierros me producen mucha turbación, pero en el fondo las admiro, porque se quedan nuevas, expulsan sus demonios  y son capaces de hacer ¿rehacer? su vida muy pronto.

La aflicción ante la muerte es una mochila llena de piedras, que si no consigues arrojar lejos y a tiempo, se va llenando y llenando, hasta que llega un momento en que pesa tanto que te impide andar, moverte y avanzar. El cuerpo dice que ya no puede más. Y cuando te avisa es muy tarde y el padecimiento del alma se convierte en dolor físico.

Rosa Montero comenta el diario de Marie Curie, tras la muerte –en accidente- de su marido Pierre. Rosa sabe muy bien de lo que habla, porque acaba de perder a su compañero.

Creo, estoy convencida, que la pérdida de la pareja es la más terrible. Dicen que es la de un hijo. No voy a discutir sobre baremos “dolorísticos”, pero nada te cambia más la vida que la pérdida del ser que quieres, al que has escogido  para amar. La familia te toca en suerte (o desgracia) el consorte es tu elección.
Y la muerte en accidente, de repente, sin preaviso, cuando te has despedido por la mañana con un beso al aire, sin pensar, sin ni siquiera sospechar, que puede, que tal vez, ya no vuelvas a ver a tu amor. Te noquea de tal forma que nadie, absolutamente nadie puede comprender, a no ser que haya pasado por el mismo trance.

Pero hay tablas de salvación, como la de escribir. Marie vertió su dolor en páginas de un diario, que ahora Rosa –me imagino- retoma y reconduce, para, ella también, gritar, berrear y revolcarse por los suelos, y así, alejar esa mochila llena de piedras.

A veces, escribir es una terapia.
Yo lo descubrí al abrir este blog. Publiqué el post “Qué alegría… Estar” y –la verdad- me quedé como Dios… O Buda, o el otro …
Leo a Rosa a ratos, voy retomando su novela, porque hay veces que me  hace llorar.
Pero –dicen- que eso es bueno…