miércoles, 26 de diciembre de 2012

ANGELITA LA RÁPIDA


              
Yo nací en Yeserías.

No, mi madre no era ni María la Puñales, ni Angelita la Rápida, las asesinas más afamadas en la década de los sesenta.

 Mi madre, la pobre, cumplía la condena de haberse casado con un funcionario de prisiones -ahora llamados de Instituciones Penitenciarias- y entonces, en Yeserías también había un hospital, donde parían las mujeres de los funcionarios.

Angelita la Rápida, la envenenadora de Urda, fue una de las criminales más conocidas en los principios de los años sesenta. El juicio fue muy comentado en periódicos de la época. Estuvo presa en la Central para madres lactantes en Ventas y luego pasó a Yeserías.

Angelita vio cómo daban a su padre el paseíllo durante la guerra civil, por pertenecer a la CNT.  Era maestro del pueblo y no llegó a ver cómo perdía la guerra.
La madre de Angelita, una mujerona de armas tomar; que siempre reprochó a su marido no estar donde tenía que estar en el momento adecuado; en cuanto se quitó el luto empezó a dejarse ver por el pueblo. Así que Paco, el de los muleros, intentó llevársela a la era, pero Críspula, que tenía ya muchas tablas, aguantó, hasta que a Paco no le quedó más remedio que pasarla por el altar antes que por la piedra.



Angelita no se parecía nada a su madre, que era una mujer alta y poderosa, con unas tetas tiesas y un culo inmenso que a lugareños y forasteros ponían muy nerviosos.
Angelita era una niña flaca y cetrina, de pelo lacio y ralo y unas piernas raquíticas fruto del hambre y las penalidades de la guerra.
Aún así, a los pocos años de haberse casado su madre, su padrastro empezó a visitar su cama por las noches, con la sumisión y el terror de Angelita, que calló y aguantó muchos años, hasta que dejó de tener la regla y su madre, que algo se debía oler, la obligó a confesar.
Críspula se las arregló para mandarla a servir al pueblo de al lado, más grande y con más posibilidades, no sin antes hacer que María La Curandera aliviara a su hija de lo que traía en el cuerpo.
En los tres años que estuvo Angelita trabajando fuera nunca fue a visitar a su madre, era ella la que lo hacía. Y nunca hablaban de Paco.  Pero se comentaba entre los conocidos, que éste estaba cada vez más delgado, más pálido, cansado y con mal aspecto. En el pueblo ser reían porque lo achacaban al furor de Críspula, pero la verdad es que Paco tenía los días contados gracias a las cabezas de cerillas que su mujer le echaba en las sopas de leche que le preparaba antes de ir a dormir. A los dos años Paco había muerto consumido y nadie en el pueblo sospechó nada. Sólo Angelita y Críspula sabían el cómo de esa muerte.

Por aquél entonces a Angelita la pretendía un número de la Guardia Civil de Urda, el pueblo donde trabajaba. Y sin pena ni gloria pasaron de deambular del brazo por la Calle Mayor los domingos, a casarse. Y ella a parir un año sí y otro no. Porque, aunque madre e hija creyeron que María la curandera era una manazas, hizo un buen trabajo y dejó a Angelita en perfectas condiciones para ser -esta vez sí- madre.

El guardia civil, que parecía poca cosa, se destapó como un auténtico tirano, una vez traspasado el umbral de la puerta de casa, tras la boda sin pretensiones que celebraron en Toledo, ya que la familia de él era de un pueblo de Córdoba. Los padres de Mariano eran encantadores. Eso le pareció a Angelita, a la que  recibieron con una alegría y un cariño inesperados y desconocidos para ella.
Mariano, en cambio era mas bien sieso. Críspula aconsejó a su hija que no esperara para casarse, que el civilón, como ella le llamaba, parecía un poco simple y que emparentar con la benemérita, con los años que corrían era de lo mejorcito que les podía pasar.
Pero Mariano no era simple. Era un auténtico acomplejado, que al no tener los cojones suficientes para poner a la gente en su sitio, llegaba quemado a su casa y su mujer pagaba su falta de carácter fuera.
A los pocos días de la boda, cuando los suegros ya se habían vuelto a su  pueblo, Angelita recibió un hostión en medio de la cara por derramar el café. Estuvo tres semanas con un ojo amoratado explicando que se había golpeado con el quicio de una ventana.
Se quedó enseguida embarazada, y entre las náuseas y los golpes que iba recibiendo ya casi todos los días, estaba hecha un Cristo. Ella, por no pararse a hablar con las vecinas, para no tener que dar explicaciones, iba y venía a toda prisa, de ahí lo de La Rápida.
Lo de no dar explicaciones no tenía razón de ser, ya que la inmensa mayoría de las mujeres casadas de su pueblo pasaban por un calvario muy parecido. Sino las maltraban de obra lo hacían de palabra. Porque eso era otra. Mariano no la dejaba de recordar que a su padre le habían fusilado por rojo y que qué habría visto él en ella, tan flaca, tan fea, tan poca cosa ... No como su suegra, que parecía mentira con los años que tenía y cómo estaba, que podía resucitar a los muertos con esos andares, con esa grupa, con esos contoneos ... Con la madre se tenía que haber casado, no con ella, que encima estaba ya jodida cuando se casaron, que si lo llega a saber... Fea y usada, la muy zorra, que a saber con cuantos se había ido a la era de su pueblo, que la taparían la cara con un saco, porque había que tener ganas ... Y así un día, y otro, y otro ...
Y embarazo tras embarazo Mariano iba ascendiendo, no por méritos, sino por pelota y por afinidad al régimen.
Críspula cayó enferma cuando su hija iba a por el sexto. Así que Angelita no dudó en llevársela a vivir con ellos, porque en el cuartel, aunque pequeña, tenían una casa bastante decente. Aunque su marido puso el grito en el cielo Críspula pasó a vivir con su hija y sus nietos y eso le abrió los ojos.
Mariano se cortaba muchísimo delante de su suegra, pero era muy evidente lo que pasaba en esa casa. Así que madre e hija se encerraron en el baño y Angelita le contó el calvario que había sido su vida al lado de aquel hombre egoista y sin un asomo de piedad ni siquiera con sus propios hijos. A ellos no les pegaba, pero los niños vivían en un terror continuo y agobiante. El mayor seguía meándose por las noches, ante el regocijo del padre, que no dudaba en ridiculizarle delante de quién fuese. Angelita le tapaba todo lo que podía, pero a veces era inevitable que el padre se enterase.

Críspula empezó a preparar a su yerno unas sopitas de leche para que durmiese bien por las noches, porque le encontraba nervioso, era normal, decía ella, porque oía por el pueblo que le iban a volver a ascender, y era lógico el nerviosismo.
Mariano no aguantó tanto como el mulero, empezó a cagar heces blancas y apareció muerto una mañana en la cama, verdoso y con espumarajos en la boca.
Como era de esperar el informe de la autopsia determinó muerte por envenenamiento y Angelita no dudó en cargar con las culpas. Su madre protestó, pero acabó convenciéndola para que cuidase de sus nietos mientras ella pasaba un par de años o tres a lo sumo en la cárcel, ya que al ser madre y estar embarazada se apiadarían de ella y casi no estaría en prisión.
Ninguna de las dos contaba con lo bien relacionado que estaba Mariano.

El  juez y el fiscal se tomaron el juicio como un atentado de Estado. La hija de un rojo había asesinado a un sargento de la Benemérita. El abogado que Críspula pudo pagar con los ahorros de toda su vida se vio desbordado por la magnitud en que se convirtió aquello, y a Angelita le cayeron veinte años y nueve meses, menos de la pena máxima en consideración a su estado.

Los niños se quedaron al cargo de la abuela, aunque más bien fue al contrario. Marianito, el mayor, dejó de mearse y de mirar al techo como alelado y tomó, junto a su hermana, las riendas de la casa. Críspula se paseaba por el pueblo llorando a moco tendido explicando a quien quisiera escuchar que el civilón era un auténtico hijo de satanás y que tenía merecido lo que le había pasado, que había sido ella y no su hija la de las cerillas ... Y en Urda empezaron a llamarlas las envenedadoras.

Pero Angelita, en la cárcel, al sol, con su niña pequeña colgada al pecho, sonreía y de vez en cuando miraba al cielo y hacía un corte de mangas ante el escándalo de algunas funcionarias.
Otras, la mayoría, también sonreían …