Ya los había visto desde el portal. Dudó una décima de segundo, pero tenía que salir y no le quedaba más remedio que enfrentarse a la horda de periodistas, fotógrafos y aficionados, móvil en ristre, que esperaban al otro lado de la acera.
Nada más abrir la puerta se abalanzaron y le frieron a preguntas absurdas.
–Señor López-Bravo, ¿qué se siente al ser hermano de un asesino en serie?
Se detuvo en seco y les dedicó una mirada de ira que quedó reflejada en portadas de periódicos, revistas, memes de Twitter y de WhatsApp.
Paró un taxi y durante el trayecto devolvió las llamadas perdidas de sus hermanos. Dejó la de Maricris para el final, porque ella era ordenoymando. Siempre que hablaban acababan discutiendo, y esa mañana no estaba para aguantar sus tonterías.
–Ya era hora, majo, que te llamé anoche tres veces… a ver –no le dejó ni una milésima de segundo para disculparse, mandarle a la mierda, o preguntarle por sus hijos. Ella, como siempre, disparaba su furor verbal sin dejar hablar a los demás y, por supuesto, sin escuchar–… habíamos quedado en la casa del pueblo, pero Aurorita dice que ni de coña aparece por Vega, que estará lleno de gacetilleros, fíjate, lo que ha dicho, cómo se nota que anda con un escritor, ahora sabe palabros… ¡Ja, ja, ja!
–Maricris, céntrate, que te pierdes en los detalles.
–Sí. ¡Ja, ja, ja! Eso, que dice que nos van a incordiar y que luego están los del pueblo, que los sacudes y caen bellotas, que igual nos hacen lo mismo que a los Gómez y se plantan en la puerta de la finca y menudo coñazo, menuda gentuza… por cierto, ¿sabes algo de Ana Gómez? Iba a por ella ¿no? Se la quería cargar…
A Álvaro López-Bravo la verborrea constante de su hermana mayor le descentraba y ya le dolía la cabeza lo suficiente como para no poder soportarla más tiempo. La mención de Ana le sacudió un poco por dentro, pero desechó la imagen de su cuñada, treinta años más joven, en biquini, en la cocina de la casa del pueblo. Aún le atormentaba pero seguía deleitándose con el recuerdo que no había podido –ni querido– borrar de su cerebro.
