Álvaro López-Bravo entró en su casa, un piso amplio y luminoso, en el Paseo de Rosales. Oyó que le llamaban desde la cocina y las niñas corrieron a besarle, mientras su madre les decía que no se podían levantar de la mesa sin haber acabado de cenar. Pero no le hicieron caso y, mientras el padre se ponía de cuclillas para recibir abrazos y besos, ellas reían con la franqueza del niño feliz, afortunado y protegido. Mientras se dejaba achuchar no pudo evitar recordar a su sobrino Ignacio y de rebote a su madre, Ana Gómez.
Aída se asomó desde la cocina sonriendo.
–¿Qué tal?
–Pues te lo puedes imaginar… Mateo incluso ha intentado pegarme…
–¡No me lo puedo creer! Pensaba que era un tipo comedido… con la pinta de estiradito que tiene– sonrió y se le iluminó el rostro aún juvenil–. Ver para creer, los nietos del señor conde llegando a las manos… Pero al final ¿qué querían tus hermanos? Me imagino que la reunión era…
–Para ver qué coño hacemos con el cadáver de Jorge. Sí, era para eso. Al final han dado orden de que se incinere su cuerpo, lleva cuatro días en el Anatómico Forense, y se encargará el chófer de Arturo de recoger las cenizas, no queremos más fotitos en la prensa. Cuando pase un tiempo razonable iremos Alba y yo a Mallorca a echarlas al mar. Arturo nos facilita un velero que tiene allí y asunto resuelto, porque menuda movida todo este tema…
–¿Lo sabe Nachete?
–No hay manera de que conteste a las llamadas de ninguno. Ahora he vuelto a ponerle un mensaje en el contestador, por lo menos no lo ha desconectado. Y con quien he hablado es con Ana –enseguida rectificó–, con su madre, que todo le parece bien y que Ignacio no quiere ni oír hablar de su padre, está destrozado y no quiere ver a nadie.
La cara de Aída cambió. No podía evitar sentir una punzada en el corazón cuando su marido pronunciaba el nombre de la que había sido su amante durante muchos, demasiados años. Antes incluso de que fuese la pareja de su hermano. Tal vez ese odio fraternal tuviese ahí su origen.
