lunes, 26 de junio de 2023

MARTES Y TRECE


Que no era supersticioso era sabido, que no creía en horóscopos, público, que tenía un gato negro y que todos los días pasaba bajo la escalera de su edificio en obras, habitual. Se creía inmune y pensaba que no iban con él las tonterías de la portera que le advertía cada mañana, “don Ginés, un día nos trae la desgracia a la finca…”, mientras acariciaba una pata de conejo, que escondía en el bolsillo de la bata.

Supo que era martes y trece cuando le despertó la radio, a las seis en punto.

Tomó el autobús hacia el despacho y llegó tarde. La primera vez en su larga vida laboral como secretario de la notaría de don Perfecto Palomino, que le lanzó una mirada agria desde su recargado sillón de estilo español. Pero no se atrevió a excusarse, el autobús había tenido una avería, pero se guardó muy mucho de dar explicaciones, total, era la primera vez que el notario llegaba antes que él.

A media mañana, los señores de Torresmasaltashancaído, llegaron para firmar unos poderes ya que vendían lo que les quedaba de patrimonio y marchaban a Mallorca, a vivir una dorada jubilación, como si hubiesen trabajado alguna vez en su vida.


Solícito como era él, preguntó, mientras les acompañaba al despacho del notario, si querían un refrigerio y doña Purita, acalorada como venía de la calle, le pidió un vaso de agua fresca, que él, sin saber cómo, le tiró en la pechuga de paloma buchona, al tropezar con la maldita alfombra que la asistenta aún no había retirado, a pesar de llevar bien entrado el mes de junio. Pidió una y mil disculpas, intentó secar las generosas delanteras de la señora, que irritada, le propinó un puntapié en la espinilla que le dejó cojo toda la mañana.


En la hora de la comida tuvo que esperar un rato largo a que le trajesen la cuenta y, mientras, su delicado estómago comenzó a quejarse amargamente del salmorejo ácido y del pescado rebozado. Volvió a llegar tarde y tuvo que salir a escape al baño, donde se deshizo, literalmente, entre truenos y mansalvas.

Pasó la tarde a base de manzanilla y al volver a casa, el ascensor estropeado, siete pisos sinuosos, reparó en que se había dejado las llaves en el despacho.

La portera no abría y decidió saltar por el ventanuco del portal a su terraza, con tan mala suerte que cayó al patio de luces, no sin antes llevarse la colada de la del quinto y las cuerdas del resto del vecindario.


De camino al hospital, en la ambulancia, el samur le miró a los ojos y le espetó, “te has cagado, cabrón”. Él hizo como que se desmayaba, pensando, “mañana será catorce y miércoles”.

jueves, 15 de junio de 2023

TREINTA Y TRES AÑOS, CUATRO MESES Y DIEZ DÍAS



–¿Tomarán postre?
La camarera había desplegado su mejor sonrisa, una sonrisa que le había costado tres meses de sueldo, sacando la libretita del bosillo del delantal.
Todos contestaron, “no, muchas gracias” sin mirarla y el padre, cogiendo la carta de postres, dijo, “pues a mi me apetece un brownie…”.
–¿Con helado de vainilla y chocolate caliente por encima?
–Sssssssi– dijo arrastrando las eses y mirándola por primera vez–. Es mi favorito…

Y la reconoció.
Habían pasado más de treinta años, estaba muy cambiada, extremadamente delgada y maquillada como una puerta, pero los ojos, esos ojos color azul tristeza, eran los mismos.

Adelina Cumbresaltas de Hinojosa, hija única de un terrateniente burgalés, fue educada para ser reina. Eso le repetían sus padres cuando era una dulce niña de cabellos dorados y ojos claros, impensable en la genética de los Cumbresaltas, que se reproducían como conejos y todos, absolutamente todos los miembros de la familia eran cabezones, morenos como el carbón y cejijuntos. La niña, por fortuna para su madre, había salido a ellos y la crió entre algodones y tules, no se fuese a malograr, ya que nació tras diecisiete abortos y los padres habían perdido toda esperanza de serlo.
Adelina, a pesar del ambiente familiar, se convirtió en una joven adorable y fue reina con quince años. La reina de las fiestas del pueblo de su padre, Frías, donde pasaban el verano.
Allí conoció al que acabaría siendo su marido, hijo de una familia que había emigrado al País Vasco y que también veraneaban en el pueblo. Fermín, estudiante de derecho en Bilbao, pidió la mano de Adelina cuando resultaba ya más que evidente su embarazo y la joven pareja comenzó su vida de casados en Madrid, él enchufado en un bufete de abogados conocidos del suegro y ella, que no sabía hacer la o con un canuto, en la peletería de una amiga de mamá, en el Barrio de Salamanca.

Con el nacimiento del bebé y el cierre de la peletería, comenzaron a pasarlas canutas. No llegaban a fin de mes y los Cumbresaltas andaban casi peor que ellos, por la mala gestión de la fortuna heredada.
La relación se fue deteriorando hasta el punto que decidieron tener un segundo hijo para arreglar lo que estaba roto y fue peor el remedio que la enfermedad.
Adelina se fue sumiendo en una depresión severa, que nadie supo o quiso ver, y Fermín, cada día más harto de tirar del carro, de los lloros infantiles, de la casa manga por hombro, de la desidia y la suciedad, salía del despacho y se metía en el cine, solo, o se iba a un bar a beber hasta las tantas.
Hasta que una noche, cuando introdujo a duras penas el llavín en la cerradura, se encontró con la casa vacía y una nota de ella, explicando que los niños estaban con la vecina y que se iba para siempre.
No volvieron a tener noticias, Fermín se ocupó de que sus niños no la echasen de menos, de culparla de todo y de cocerse a fuego lento en el caldo del resentimiento y la inquina.

Y ahora, ahora que la había encontrado sin buscarla, no pudo evitar sentir lástima.
Lástima por ella, cuando contempló su espalda un poco encorvada, la raíz blanca del pelo teñido, las arrugas que intentaba tapar con un maquillaje espeso, las piernas flacas y los andares de mujer devastada.

Y lástima por él. Por los más de treinta años, exactamente, treinta y tres años, cuatro meses y diez días, que él seguía estando solo.

viernes, 2 de junio de 2023

SISEBUTO




Hasta que llegaron, esta casa era un remanso de paz. Los últimos inquilinos, mis nietos, no daban un ruido y la vivienda, mi hogar, permanecía en una paz maravillosa.

Ya el trajín de la inmobiliaria me sacó un poco de mis casillas, gente entrando y saliendo, tocándolo todo, fisgando…

Y cuando llegó el camión de mudanzas y ocuparon el dormitorio de mis padres con muebles de Ikea, y las alcobas se convirtieron en antros siniestros, con pósters de melenudos y chapas de calaveras, la inquietud se apoderó de mi alma.

Cuando incautaron la casa, mi casa, no pude soportar el trajín. Los gemelos adolescentes insoportables, cantando a voz en grito, Just call my name 'cause I'll hear you scream, master, master!

La niña pequeña, repelente, con esa voz agudísima llamando a mamá a todas horas… las peleas entre ellos… la música diabólica…

Entonces comencé a abrir las puertas de los armarios por las noches. Cuando se levantaban, no solo no se morían de inquietud, como yo hubiese deseado, sino que, con un pitorreo irritante, decidieron que había un fantasma en la casa y me apodaron Sisebuto. ¡Sisebuto yo! Que mis padres me bautizaron con el bello nombre de Manuel Alejandro…

Entré en cólera y –ya llevaba décadas muerto y tenía unos cuantos poderes más refinados que cuando fallecí– comencé a descolocar las latas de la despensa, pero nada, más cachondeo a mi costa.

Desesperado, afiné los sentidos y comencé a descargar las cisternas de los baños de madrugada, pero solamente conseguía que madre susurrara, “Sisebuto, por dios, para ya, que madrugamos mañana”.

Conseguí que Alondra Winchester, una mezzosoprano que moraba tres casas más abajo, se viniese a la nuestra, y aullara a media noche. ¿Qué conseguimos? Que los aborrescentes, como los llamaba mi compañera de sustos, se descojonaran con que si me había echado una novia en el Tinder Fiambrero. Y eso ya si que no, por ahí no pasábamos. Así que nos hemos mudado al cementerio y vivimos la mar de tranquilitos con los otros colegas trescientos sesenta y cuatro días al año. Porque ahora, los aborrescentes, nos matan a sustos la noche que ellos llaman de Jalogüin.

martes, 16 de mayo de 2023

ODIO




Se arrodilló junto a la cama y contempló su rostro arrugado, los párpados hinchados, las mejillas hundidas y respiró el hedor de la vejez.
No podía soportarlo.
Madre había tenido la delicadeza de morir relativamente joven y sin dar un ruido, sin volverse una carga, un ser dependiente y desvalido como era, ahora, padre.
Y lo odiaba.
Lo odiaba por los capones, los tirones de orejas, el ponerle en evidencia delante de las visitas, ridiculizarle en público durante la niñez y gran parte de su adolescencia.

Y ahora tenía que lavarlo, darle de comer, limpiar sus babas…
Los olores a decrepitud, a pañal con mierda de viejo se habían impregnado por toda la casa, se le habían metido en la nariz y no podía deshacerse de ellos.

Volvió a mirarlo, la respiración era cada vez más trabajosa, inquieta, el rumor de su pecho indicaba que las flemas que no había aspirado no dejaban que el aire fluyese. De vez en cuanto boqueaba, y él seguía sin hacer nada, contemplando el cadáver en vida, esperando…

Un sonido a través del pañal y la fetidez nauseabunda, indicaron que había vuelto a evacuar, era la tercera vez y siguió sin hacer nada.
Llevaba desde el viernes por la tarde sin despegarse de su vera, había duplicado la dosis de morfina, y nada… eran casi las doce del domingo y el lunes a primera hora volvería la enfermera, no podía dejar pasar mas tiempo.

Con cuidado puso la almohada en la cara del viejo y apretó despacio primero, mas fuerte después, pero, como empujado por un resorte, su padre le agarró las muñecas y comenzó a patalear y gemir. Él se aplicó a fondo, echándose encima, apretando con todas su fuerzas, pero el viejo se resistía. No podía ser, él era un hombre relativamente joven. Sus casi cien kilos no podían aplastar a un moribundo en los huesos, sin aparente fuerza ni para levantarse de la cama… y se resistía como un león. Cómo lo odiaba. Sudaba a mares, la camiseta se le pegaba a la espalda, hasta que reparó en que había dejado de moverse, de luchar… por fin.

Levantó la almohada y dos ojos vidriosos, desencajados, lo contemplaron.
Cómo lo odiaba...


lunes, 20 de marzo de 2023

BROTE


En primavera siempre recaía, reparé en ello en la última conversación con Marina. Este año, como en los últimos cinco, las voces habían vuelto, puntualmente, el 21 de marzo, San Nicolás de Flüe.

Aunque madre se opuso con tenacidad a mi ingreso, ella decía que el esfuerzo por sacar nota en la EBAU me había puesto un poco nervioso, la noche del 1 de abril, San Venancio, las voces me confesaron que padre y madre habían regresado al universo paralelo y dos extraterrestres habían tomado sus cuerpos. Caminé despacio hacia su cama y observé en silencio cómo dormían, madre se despertó y al verme de pie, silencioso y taciturno, chilló y padre, espantado, salió corriendo y cayó escaleras abajo, fracturándose la tibia y el peroné. No me dejaron colocar los huesos y prefirieron llamar a una ambulancia.

Marina comenzó a tratarme. Con pastillas y una terapia que descubrió que yo estaba loco. Loco de atar. Eso decían.

Con el tratamiento mejoré visiblemente, pero una tarde del mes de mayo, en la clase de anatomía, el cadáver al que el profesor y varios alumnos iban a diseccionar, abrió los ojos y me pidió ayuda. Yo corrí desde la última fila y me abracé a él, gritando, aullando, que estaba vivo.

Entonces decidieron darme unas cortas vacaciones en esta casa de reposo. Marina es la directora, la única que me comprende, la que me escucha, porque ella también es uno de ellos, me da pistas cuando me enseña dibujos de manchas de tinta o cuando me indica que cierre los ojos y respire pausadamente mientras le cuento qué veo. Pero no veo cosas… nunca me pregunta qué escucho… porque lo sabe…

Ella y el jardinero. Matías intenta ponerse en contacto conmigo mientras pasa el cortacésped, se toca la visera, a un lado, a otro, un toque, dos, rápido, despacio, punto raya, raya, punto. Estoy intentando hacerme con un manual de códigos morse para, por fin, entenderle y ponerme en marcha. Estoy seguro que este primero de mayo, san José Obrero, la casa de reposo arderá por los cuatro costados.

Ya queda menos…



martes, 14 de febrero de 2023

DÍA DE LOS ENAMORADOS

 


—¿Le pongo un lazo?
—Vale…
—¿Rojo?
—Sí…

Asintió con la cabeza y le indicó que pusiera todo lo que desease, lazos, tarjetas y corazones. Salió de la floristería con un ramo enorme de rosas y escuchó a su espalda.

—¡Pero qué ven mis ojos! ¡Jamás me lo hubiera imaginado!— Y risas de mujeres mayores. Mayores como él, como sus mujer, como medio barrio…
—Ya ves, Valentina… El día de los enamorados…

Y se alejó sonriendo.

Valentina, vecina y amiga, se había quedado viuda recientemente. Desde que Vicente faltaba, ya nunca jugaban a las cartas los sábados por la tarde, ni tomaban el aperitivo juntos. Como Marisa, siempre había sido ama de casa, mujer de su marido y madre abnegada. Pero desde que se quedó viuda se le había soltado el resorte de “fémina liberada”, como lo llamaba él con mucho retintín. Ella paseaba por las tardes con un grupito de separadas y viudas, hacía Pilates, ya no se quedaba con los nietos para que sus hijos saliesen los fines de semana, solos, ni preparaba las paellas de los domingos para poder ver a los niños.

Y sí, él nunca había tenido el más mínimo detalle con su mujer, jamás le había comprado un regalo, siempre lo hacía ella, “con mi dinero”, decía él cuando su hija se lo echaba en cara, “con el dinero de los dos”, aclaraba Marisa con una sonrisa amable.

Porque Marisa nunca se quejó, jamás le puso un mal gesto, era la calma personificada y tan, tan buena persona que él siempre la había tomado por tonta.

Hasta que hacía un par de meses había discutido con su hija, a voces. La niña había sacado la mala leche de la abuela, la paterna, que era inaguantable, y le recordó que él se había jubilado mientras ella seguía haciendo prácticamente lo mismo que hacía desde que se habían casado, tener la casa como los chorros del oro, la comida dispuesta primorosamente, la despensa llena y ahorrarle un dineral en cuidadoras, chachas, cocineras y asesores fiscales, porque sería tonta, pero le hacía la declaración de la renta. Que él sería todo un señor fiscal del estado, un dios en su profesión, pero en su casa era un ser soberbio e irritante, egoísta, clasista, machista y todos los “istas” que se le ocurrieron.

“Es una cabrona”, pensó mientras elegía las rosas más caras, “pero tiene razón”. Y salió de la floristería un poco más alegre porque la chica de la tienda le había dicho que ojalá sus padres se hubiesen querido tanto después de cincuenta años de matrimonio.

lunes, 23 de enero de 2023

OLVIDADOS



Hicieron lo que pudieron, se entregaron en cuerpo y alma, se dejaron la piel, pero fue imposible rescatar a todos. Cuando llegaron a puerto parecían muertos vivientes.

Las miradas perdidas, los ojos fijos en algún lugar lejano, quizás en la última imagen que sus retinas habían conservado como un tesoro. Quizás las lágrimas de sus madres al despedirse. Quizás las sonrisas luminosas, blancas y sinceras, de los niños diciendo adiós con las manitas mientras ellos se alejaban, o las de sus esposas, resignadas al triste destino de parir mano de obra barata, año tras año.

Tal vez las hojas enormes, selváticas, verdes y brillantes, que se cerraban a su paso y, como el telón de un teatro, ponían fin a un episodio de sus vidas. O el mar azul, azul turquesa, diáfano, el océano cálido que les recibía con los brazos abiertos, como un monstruo disfrazado, para engullirles.

Porque eran náufragos, algunos con la suerte de haber podido cumplir la quimera de atravesar el mar perverso y llegar a tierra, al paraíso, al mundo mejor, al primer mundo.
Otros, los más, no habían podido cumplir el sueño y dormían en el fondo marino. 

Olvidados.

lunes, 16 de enero de 2023

SURREALISMO



Avanzó despacio por la arena ardiente. Los zapatos de filetes de pollo se iban deshilachando según avanzaba y los pies se abrasaban lentamente, cambiando de forma y color. No quería mirarlos porque tenía miedo de los dedos, sabía que se estaban convirtiendo en serpientes y eso, le daba pavor.

Llegó el momento que no pudo seguir caminando y contempló desolado cómo diez culebras huían zigzagueando hasta unas rocas peladas. Se puso a llorar y las lágrimas rodaron hasta el suelo empapando la arena, encharcando el terreno, fecundando la tierra y brotes malvas surgieron como culebrillas bulliciosas. En minutos el erial se transformó en un bosque violáceo y sus pies se convirtieron en cascos. Sintió cómo se transformaba. 

Relinchó con energía y comenzó a trotar hacia el horizonte luminoso.

lunes, 9 de enero de 2023

NOCHE BUENA



La Nochebuena era mágica. Toda la familia se reunía alrededor de la mesa del comedor, que, con las dos alas abiertas, se convertía en el cobijo hogareño, repleto de comida y bebida. Mi madre decía que no trajesen nada, pero todos llegaban con las manos llenas y, entre risas, se quejaba de que íbamos a estar comiendo sobras hasta Pascua. No se corrían las cortinas y los ojos indiscretos iluminaban la calle nevada.

Llegábamos pronto, para ayudar, decíamos, pero en realidad estorbábamos en la cocina, abriendo botellines y diciéndole a mi hermano mayor que el jamón se cortaba así, o "asao", y nunca acababa de llenar la fuente, mientras maldecía en arameo y le metíamos en la boca los trozos más grandes para que se callara.

Debajo del árbol los regalos esperaba a ser abiertos después de la cena, porque lo decía mamá, siempre se hizo así en su casa y cualquiera le llevaba la contraria…

Los abuelitos ya estaban piripis a media tarde. Se miraban como si fuesen adolescentes para escándalo de los hijos y pitorreo de nietos. Él se zambullía en los luceros luminosos, verdes como el trigo verde, de su mujer y recordaba la radiante mancha azul de su Cadaqués natal. Se arrimaba a ella, despacito y le canturreaba al oido: 

“Qué le voy a hacer si yo, nací en el Mediterráneo…”

lunes, 2 de enero de 2023

ANIVERSARIO





Cuando salió del baño el olor a tortilla de patatas invadía toda la casa, con cebolla, como a ella le gustaba.

Se asomó a la cocina y contempló cómo él fregaba la pila de cacharros que se habían ido acumulado sobre la encimera, la mesa, el carrito de la fruta, incluso en la trona de los niños que ya no usaban.

Pero esta vez no se enfadó, no le dijo, “quita, anda, que la que lías para nada que haces” ni se puso a fregar ni a recoger. Esta vez le dejó hacer y contempló, desde el quicio de la puerta, con una media sonrisa que no aparecía por su cara desde hacía meses, al chico guapo del instituto del que se había enamorado hasta las trancas. El que había envejecido mal, con su barriguita cervecera y su calvicie incipiente. El que seguía siendo el alma de la fiesta, el indispensable en las reuniones de viejos alumnos, el vecino amable que solucionaba problemas ajenos y el padre ejemplar al que sus hijos tomaban por el pito del sereno.

Contempló las anchas espaldas del hombre que no se rindió –como ella– en la primera crisis, cuando ambos se quedaron sin trabajo y luchó para que no les desahuciasen, como a los vecinos del quinto, que aún conservaban una deuda maldita y no tenían dónde caerse muertos.

Paco organizó una plataforma de defensa vecinal y lucharon, como un solo David, contra el Goliat bancario.

Puso música y le abrazó por detrás.

–Señora, me está acosando, usted quiere algo…

Rieron. Él nunca perdió el buen humor. Gracias a su carácter ella pudo dejar de tomar ansiolíticos y retomar su vida de mierda, entre renovación y renovación en el Centro de Salud.

Y ahora, con otra crisis en el horizonte, él volvía a estar sin trabajo, ella echaba horas, se manifestaba y –esta vez– no sucumbió al desánimo.

Se puso a dieta para disimular que comía lo justo y necesario para no morir. Compraba a crédito en la tienda de la esquina y ese puente de diciembre le había dicho a su madre que se llevase a los niños a la casa del pueblo, porque era su aniversario y quería celebrarlo como mandaba el Dios al que había dejado de encomendarse desde hacía muchos años.

Los niños protestaron, la abuela puso cara de acelga, pero ese fin de semana se quedaron solos y celebraron, después de muchos años, un aniversario glorioso, con tortilla de patatas, un sobrecito de jamón del bueno y cerveza de lata.

martes, 9 de agosto de 2022

CUANDO SEAS PADRE...




Cuando seas padre comerás huevos…

Y fue padre. Y cada vez que mojaba un trocito de pan en la yema amarilla y sabrosa se le hacía un nudo en la garganta y no podía evitar recordar las noches frías, alrededor del fuego miserable, donde su madre estiraba una cena tan escuálida que no llegaba para todos.

Fue padre y comió huevos, pero ni uno más que sus hijos.
Fue padre y se obligó, cada mañana al levantarse, hasta la noche, cuando besaba a los niños al ir a dormir, a no parecerse, en nada, al suyo.




martes, 2 de agosto de 2022

EL COSTURERO SE LO PUSE DE SOMBRERO



SOBRE EL POEMA DE LORCA...

Que dice que él me llevó al río
Que cuenta que yo no era mocita
Que se portó como un hombre
Que no quiere narrar…
Que no quiere referir…

Pues yo no quedo muda
Que también puedo hablar
Que él no me llevó al río
Que fue mi propia voluntad

Venía paseando, inspeccionando la yeguada
Grandes zancadas, pecho descubierto
Como si fuera el amo de la manada
Mi mirada se topó con la suya

Sonreí
Sonrió
Y allá que fuimos, a adentrarnos en la noche.

Su manos expertas
Mi deseo insatisfecho
Débito conyugal entre sábanas arrugadas,
Carnes fláccidas, sexo insípido,
Concluyeron en un éxtasis desconocido.

Forastero de carnes prietas
Amante furtivo, arrebato efímero…

Que dice que él me llevó al río.
Que diga…

jueves, 14 de julio de 2022

LOS OJOS DE MI PADRE



Iba conduciendo de camino al trabajo y en la radio escuchó la canción de Eric Clapton. Tarareó sin darse cuenta el estribillo: “That´s when I need my father’s eyes” y se puso a llorar.

Casi no había cumplido seis años, cuando reparó en la mirada crítica de su padre. No había aprendido a nadar, le daba pánico el agua y le apuntaron al cursillo veraniego en la piscina de su urbanización.

Era el niño gordito de la pandilla de perdedores, donde le habían aceptado como a uno más. El más torpe, el que siempre se caía del patinete y al que se le salía la cadena de la bici a perpetuidad. Y era consciente de que eso mismo le revolvía las tripas al padre, que había soñado con un “heredero” alto y espigado como él.

Era el único hijo de su segundo matrimonio y tenía dos hermanas mayores que se llevaban a matar con papá. Y no lo podía entender, porque él le adoraba. Haría lo que fuese para contentarle, para que se sintiese orgulloso, para arrancarle una sonrisa de corroboración, por muy pequeña que fuese. Por eso mismo, aunque vomitase a escondidas de puro nervio, se empeñaba en aplicarse en nadar, pero el pánico le superaba y todos los días, mientras su padre observaba desde la sombra haciendo que leía el ABC, lloraba en silencio, disimulando, tiritando, castañeteando los dientes, mientras gotas de lágrimas resbalaban por su barriguita blanda de niño gordo y su amiguita, la niña sin padres que no le gustaba a los suyos, le apretaba la mano con fuerza sin mirarle.

miércoles, 1 de junio de 2022

REFRANES




No era el remordimiento lo que le impedía conciliar el sueño. No era la imagen de su cara aterrorizada antes de morir, ni la de sus ojos suplicantes, ni siquiera el contacto de las manos atenazando sus muñecas, fuerte al principio, para aflojar la presión según la vida se le escapaba. No soñaba con ella. Apenas recordaba la vida a su lado, los diez años de amor incondicional que ella había traicionado por un capricho, una extravagancia, un desvarío... a su edad...

No, no era el remordimiento lo que le impedía conciliar el sueño porque había consumado el crimen perfecto. Lo que no le dejaba dormir era la ira y el coraje de haberse enterado de la infidelidad de su mujer el último. Como en los refranes.

domingo, 13 de marzo de 2022

LATIR




Jaime abandonó el hospital cuando la primavera comenzaba a pintar de colores las macetas de su terraza. Veinte días antes, cuando recibieron la ansiada llamada, las aceras aún conservaban restos de la gran nevada que había paralizado Madrid.

Cuando despertó en la UVI, intubado, rodeado de cables, muerto de frío y con un miedo atroz, lo primero que vieron sus ojos fue a su mujer y su hija mayor, con bata y gorro quirúrgicos y una sonrisa que se salía de las mascarillas por los lados, por arriba y por abajo, una sonrisa que a ellas les humedecía los ojos y a él le hacía palpitar el nuevo corazón que brincaba en su pecho como un pajarito.

A pocos kilómetros de distancia, siguiendo la primera salida a la autovía donde estaba su hospital, Marian fumaba un cigarrillo tras otro, mientras miraba cómo su jardín se marchitaba. Este año no tenía los ánimos suficientes para ir al vivero y cargar el maletero de plantas que alegrasen la vereda del camino a casa, a la casa que se había quedado en silencio por la culpa de un conductor borracho que, en un adelantamiento suicida, se había llevado por delante sus sueños y proyectos, al amor de su vida y padre de los hijos que ya no estaban con ella.

Lo único que le consolaba era que otra persona cobijaba el corazón que tanto amó.





sábado, 12 de febrero de 2022

DESPEJAR LA INCÓGNITA




Había que despejar la incógnita. Uno de ellos era el delator y las miradas acusatorias encizañaban, más si cabe, la situación.

Los sonidos de la noche inquietaban al centinela. Al raso, los peligros eran incalculables y saber que estaban en manos de un confidente no le tranquilizaba en absoluto.

De los nueve hombres que formaban el grupo de maquis acampados en Medina Sidonia, tres eran españoles. De los otros seis, dos tenían la nacionalidad francesa, otro había nacido en Orán, uno era un yanki que había luchado en las Brigadas Internacionales y se había quedado en España por amor y dos polacos, que no se sabía muy bien de dónde habían salido.

Todos pensaron en el americano, pero, a día de hoy no había pruebas que lo incriminasen. Además era periodista y estaba escribiendo una novela, evidentemente era de letras, imposible su implicación.

Uno de los polacos intentó convencerles de que “las matemáticas no mienten” y explicó, mediante una ecuación, que solamente podía haber tres delatores.

De los tres españoles, el más bestia, Aitor Arismendi, le arreó un culatazo en el cogote y lo dejó inconsciente, a la vez que bramaba, “¡despejada la puta incógnita y me cago en Pitágoras, en Tales de Mileto y en los números primos!”.

viernes, 19 de noviembre de 2021

PRIMERA PERSONA DEL SINGULAR



No pudo superar las cinco etapas. Ella permanecía en la segunda. Estaba cabreada, muy cabreada y no podía soportar la alegría ajena. Se le acentuó el ceño y no toleraba que otros menos jóvenes, menos guapos y menos listos que él siguiesen vivos.

Lo que más le enfadaba era no haber podido despedirse del hombre de su vida, el único que supo comprender sus filias, sus fobias. El único capaz de tener la paciencia suficiente para esperar el momento oportuno, dejar que todo fluyese y que la vida, la puta vida, fuese más fácil.

Intentó, aconsejada por una amiga psicóloga, poner negro sobre blanco lo que sentía. La escritura era su fuerte, pero solamente pudo contar otras historias, de otras mujeres que nada tenían que ver con ella. Y se asentó en esa fase del duelo de la que ya pensaba que nunca podría salir, creyó que sería patológico y siguió viviendo a medias.

Y una noche, cuando ya fue capaz de salir con amigos, conoció a Marta. 

Era un poco más joven que ella y acababa de ser mamá. Era su primera salida en muchos años y de madrugada, cuando ya apenas quedaba gente bebiendo y riendo, le confesó que su primera pareja había fallecido. 

Se sentaron en la terraza, pidieron la última cerveza y, mientras todos volvían a casa, el horizonte comenzaba a clarear y se escuchaban los primeros trinos de los pájaros, ellas dos emprendieron el camino hacia la catarsis.

Marta había vivido la enfermedad, corta, pero intensa, cruel e implacable, de su pareja de apenas treinta años. Ella le dijo que la envidiaba porque al menos le quedaba el resquicio de la despedida, la oportunidad del adiós, la certeza de que él se había ido sabiéndose, sintiéndose, amado. Que no había muerto solo, desangrándose en una carretera comarcal, mientras desconocidos miraban esperando la llegada de la ambulancia.

Y Marta le contestó que ella hubiese preferido el beso de despedida de la mañana, la promesa de un “nos vemos esta noche, ¿salimos a cenar?” Y que todo hubiese sido rápido e inesperado, porque, al fin de cuentas ellos sabían cuanto les querían, el amor se demuestra, no hace falta repetirlo día tras día y, sobre todo, ella hubiese preferido no ver el deterioro y el estrago de la enfermedad. 

Lloraron. Llevaban años sin hacerlo y las lágrimas mitigaron ese dolor que se había arraigado –como una mala hierba– en sus corazones y no dejaba respirar, sentir, amar y ser las personas que habían sido antes. 

Y llegó a su casa y abrió el ordenador. Y escribió palabra tras palabra, la noche en la que él había muerto. Narró cómo y qué había sucedido. 

Cambió nombres, ciudades, protagonistas. Lo incluyó en una novela y nadie supo que estaba hablando en primer persona del singular.




jueves, 21 de octubre de 2021

COLORÍN COLORADO…





Colorín colorado este cuento se ha acabado. Y protestábamos, queríamos más, pero la tía Mercedes nos mandaba callar poniéndose un dedo en los labios y nos decía que la niñas buenas se duermen pronto, que si nos portábamos bien habría más la noche siguiente. Y nos tapábamos con el embozo hasta la nariz, cerrando los ojos fuerte y con la sonrisa aún dibujada en la cara. Porque cuando ella estaba, sabíamos que todas las noches habría un cuento maravilloso, largo y desconocido. 

Pero eso ocurría muy pocas veces, porque tras unas pocas semanas ella se iba a su casa, muy lejos, tan lejos que tenía que ir en avión, y ya nadie nos contaba cuentos antes de dormir.

sábado, 9 de octubre de 2021

EL CUADRO DEL COMEDOR

Estuvo colgado de la pared del comedor, siempre. Y nunca tuvo importancia. Era como las galletas del desayuno, el plátano de la merienda o la tortillita francesa de la cena. Estaba tan unido a sus infancias que cuando murieron los padres y le tocó en el lote número dos no supo muy bien qué hacer con él.

No es feo, pero tampoco bonito. Original sí. Las pinceladas a espátula le dan un aire de modernez sesentera. Trazos firmes de quien sabe del oficio, aunque el suyo era otro y –según le contó su padre– ilegal, por eso lo había pintado en los talleres de la cárcel de Alcalá.

Está en el salón y cuando alguna vez lo mira, no puede evitar entrecerrar los ojos y escuchar la voz del padre contando esa batallita a la que nunca prestó atención y que, ahora, añora hasta hacer que las lágrimas acudan a sus ojos.